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¿Te das cuenta de lo que sucedió esta semana?! Alguien dice: «Estuvo bien». No, no, no fue solo bueno. ¡Fue una visitación celestial!
Pero no te equivoques de perspectiva: no fue el final… fue un comienzo. Por eso el Señor nos da una urgencia espiritual: Conserva el depósito y mantente firme en la verdad. Lo que has recibido no es común, es precioso, es santo, es vivo. Y no puedes abandonarlo. 2 Timoteo 1:14 nos desafía: «Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros». Has recibido un tesoro eterno, un fuego, una palabra, una semilla, una vida. Ahora no es el tiempo de descansar. Es ahora que comienza la verdadera batalla: mantenerse firme, guardar la unción, no retroceder, no dejarle nada al ladrón.
¿Eres consciente de lo que ahora llevas dentro? Ya no eres la misma persona. ¡Estás embarazada! Sí, espiritualmente embarazada de algo que Dios ha depositado en ti. Y así como una mujer lleva su hijo sin que aún sea visible, tú llevas algo divino que debe crecer y dar fruto. Lo que Dios ha hecho en ti es un comienzo, no un recuerdo. Entonces, ¿qué vas a hacer con eso? Di conmigo: «¡Yo guardo el depósito!»
El apóstol Pablo sabía que se acercaba al final de su carrera terrenal. Entonces escribe a su hijo espiritual Timoteo con una intensidad poco común. No le habla de estrategias de iglesia, ni de planes de crecimiento. No. Le dice: «Guarda el buen depósito». ¿Por qué? Porque lo que has recibido de Dios es más valioso que cualquier formación u organización. Es la vida de Dios transmitida por la Palabra, la oración, el Espíritu. Ese depósito es una revelación, una transformación, una respuesta, una semilla divina depositada en ti. La pregunta no es: «¿Has recibido algo?» La verdadera pregunta es: «¿Lo guardarás?»
Guardar no es solo recordar. El Espíritu Santo nos dice hoy: «Lo que has recibido, concíbelo, retenlo, aliméntalo, rodéalo, protégelo.» La palabra usada en griego para «guardar» es la misma que se usa para una mujer embarazada. Estás embarazado de una palabra. Y aunque tus vecinos aún no la vean, ¡tú lo sabes! Tu caminar cambia. Tus hábitos cambian. Lo que escuchabas antes, lo que veías antes, ya no puedes tocarlo como antes. ¿Por qué? Porque llevas la promesa de Dios. Porque has sido sembrado con una semilla celestial. Y tu responsabilidad ahora, es proteger esa semilla hasta que estalle en fruto.
¿Pero cómo conservarla? Pablo nos da la clave: «Reténla con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.» Mantén ese fuego encendido. No dejes que se apague. Aférrate a esa palabra en la fe – aunque todo parezca contrario – y en el amor – aunque tu entorno no lo crea. Así es como la semilla divina se convierte en un árbol poderoso: por la fe y el amor, anclados en la comunión con Cristo Jesús.
Muchos han llorado esta semana. Muchos han sido tocados. Pero el Señor no quiere simplemente tocarte. Él quiere transformarte. Hay una enorme diferencia entre los dos. Ser tocado es un comienzo. Ser transformado es la meta. Ser tocado es la unción en el momento. Ser transformado es la gloria que permanece. Y no puedes llegar ahí sin volver al lugar secreto.
Jesús siempre habla dos veces: una vez en público, y otra vez en privado. La palabra pública que recibiste te conmovió: ahora, retírate con el Espíritu Santo. Vuelve a tu habitación. Vuelve a escuchar el mensaje. Vuelve a escuchar EL mensaje que te impactó. No busques retomarlo todo, no. Pero ataca específicamente la verdad que Dios te reveló. Tú sabes cuál es. La que te derrumbó. La que te despertó. La que te reveló.
Y en ese momento de intimidad, di: «Señor, no quiero quedarme tocado. Quiero ser transformado.» Verás: no es otra predicación la que te cambiará. Es la semilla que ya has recibido, que eliges regar, que eliges cultivar. Entonces se convertirá en fruto.
El depósito es una palabra (rema), es una instrucción, es un corazón encendido, un destino revelado, una unción despertada. Debes meditarla. Debes masticarla en el lugar secreto. Y debes protegerla como un tesoro.
Pablo no se detiene ahí. No dice solamente «guarda lo que has recibido». Dice: «Mantente firme en la verdad.» Y en Efesios 6, cuando habla de la armadura de Dios, la primera que aparece es el cinturón de la verdad. Sin el cinturón, ninguna otra arma se sostiene. La verdad es la base, el soporte, la estructura.
Sí, la verdad. Y la verdad no es una emoción. No es lo que sientes. No es lo que vives. Ni siquiera es lo que ves. La verdad es una persona: Jesús.
Yo soy el camino, la verdad y la vida. (Juan 14:6)
Todo lo que el Señor te ha dicho esta semana, es Su verdad. Y lo que el enemigo buscará hacer, es justamente atacar esa verdad. Eso fue lo que hizo en el jardín del Edén: «¿De veras Dios ha dicho…?» No sacó un cuchillo. Sembró una duda en la verdad. Siempre actúa así.
¿Ya te lo ha hecho? «¿Tú realmente crees que Dios te va a sanar?» «¿De verdad piensas que esa palabra era para ti?» «¿Crees que Él se va a ocupar de tu situación familiar?» ¡Ah! Es ahí donde tienes que decir no:
ME MANTENGO FIRME EN LA VERDAD.
La duda es el arma preferida del Enemigo. Pero tú, rehúsas. Resistes. Declaras:
No dejarás que el mentiroso robe lo que el Eterno te ha transmitido. Di conmigo:
He guardado Tu palabra en mi corazón para no pecar contra Ti.
Déjame enseñarte algo que muchos cristianos ignoran: la fe no es solo recibir de Dios. No es solo obtener milagros y avances. ¡No! El propósito principal de la fe es PERMANECER FIEL a Dios. Incluso cuando las circunstancias no cambian. Incluso cuando la espera es larga. Incluso cuando no sientes nada. Por eso Pablo dice en 2 Timoteo 4:7:
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
No dice que ha guardado la unción, o los milagros, o las manifestaciones. No, dice que ha guardado la fe. Guardar la fe es guardar la verdad. La verdad de que Dios es bueno. Que Dios es fiel. Que Dios está contigo, incluso cuando no lo sientes.
¿Sabes por qué algunos abandonan? Porque creyeron que la fe era un trato. Una negociación. «Señor, si yo hago esto, Tú tienes que hacer aquello.» Pero la fe no funciona así. La fe es decir: «Señor, aunque aún no lo vea, me mantengo aferrado a Ti.» ¡Oh! Sadrac, Mesac y Abednego lo habían entendido:
Nuestro Dios puede librarnos, pero aun si no lo hace, ¡no nos postraremos!
A esta generación, Jesús le pregunta: «¿Quién se mantendrá firme en la verdad?» ¿Quién se negará a doblarse ante las circunstancias? ¿Quién elegirá caminar por fe y no por vista? ¿Quién dirá:
Conservo intacto el depósito, me niego a dudar, me niego a retroceder, ¡camino en la verdad!
Señor, lléname de tu Espíritu. Hoy elijo guardar el depósito. Elijo arrancarme de todo lo que podría ahogar Tu voz. Elijo volver a ser una buena tierra donde Tú puedas sembrar, hablar, edificar. Señor, rechazo ser un cristiano emocional. Quiero convertirme en un discípulo arraigado en Tu verdad. Que nada de lo que has depositado en mí se pierda. He guardado Tu palabra en mi corazón, y declaro: guardaré la fe, en el nombre de Jesús. Amén.
Señor Jesús, reconozco que te necesito. Creo que moriste por mis pecados y que resucitaste. Hoy te acepto como mi Señor y Salvador. Transforma mi vida, lléname de Tu Espíritu, y hazme mantenerme firme en Tu verdad. Amén.
- 2 Timoteo 1:13-14 – Guarda el buen depósito.
- Juan 14:6 – Yo soy el camino, la verdad y la vida.
- Efesios 6:14 – Ceñid vuestros lomos con la verdad.
- Juan 8:32 – Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.
- 2 Timoteo 4:7 – He guardado la fe.
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