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La Iglesia está llena de solteros que anhelan el matrimonio, que sueñan con construir un hogar según Dios. Pero ¿por qué tantos errores, tantas desilusiones, tanto sufrimiento? ¿Por qué algunos que esperaban una vida matrimonial plena se encuentran atrapados en uniones rotas y conflictivas? ¡Es porque muchos no entienden realmente lo que es el matrimonio según Dios! Han sido formateados por la sociedad, deformados por los fracasos que han visto a su alrededor, e influenciados por una cultura carnal que ha pervertido la imagen divina de la unión entre un hombre y una mujer. ¡Pero hoy, Dios quiere derribar esas fortalezas y restaurar su verdad!
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16)
Dios es amor. Todo lo que Él hace se basa en el amor. Pero vivimos en una época en la que el matrimonio se ha convertido en un asunto de codicia, de satisfacción personal, de posesión, y ya no en una expresión del amor del Padre. Muchos quieren casarse sin haber entendido que la unión divina es un llamado, un ministerio, una misión y una estrategia celestial para manifestar a Cristo en la tierra.
Hay solteros que odian su estatus. Piensan que están incompletos, que están en espera, que están en pausa. Pero ¿qué dice la Palabra?
El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. (1 Corintios 7:32)
Dios ha previsto un tiempo de soltería como un tiempo de afirmación, de cercanía con Él, un tiempo en el que el creyente puede, sin distracciones, consagrarse a su misión espiritual. ¡Antes de pensar en el matrimonio, usa tu etapa de soltería para crecer en Cristo! Un soltero que no se ha arraigado en la Palabra y la oración antes de casarse, lleva sus carencias a su hogar. Busca en el matrimonio una plenitud que sólo el Creador puede darle.
¿Cuántos hombres y mujeres se lanzaron a una relación pensando que llenaría su vacío interior, curaría sus heridas o saciaría su sed de amor? ¡El matrimonio no sana! ¡Es Dios quien sana! ¡Es tu intimidad con el Señor la que restaura tu alma! Mientras no entiendas esto, corres el riesgo de proyectar sobre tu cónyuge expectativas que jamás podrá cumplir. Esa es la verdad. Esa es la razón por la cual tantos hogares fracasan. Porque personas no restauradas creyeron que el matrimonio resolvería sus problemas, cuando en realidad, solo los expuso.
Todos quieren a la persona correcta. Nadie quiere casarse con un hombre o una mujer que se convierta en una carga, un peso, un dolor en su existencia. ¡Pero la clave no está en la búsqueda, está en la atracción!
La verdadera pregunta no es “¿cómo encontrar a la persona correcta?”, sino “¿cómo ser la persona correcta?”. La ley espiritual es simple: atraes lo que eres. Si tu corazón está lleno de inquietudes, de amargura, de heridas no sanadas, de impureza, de orgullo, ¡no te sorprendas si atraes a una persona que carga los mismos fardos! Pues todo hombre atrae lo que él es en espíritu.
Mira a Adán: ¡Él no buscó a Eva! Estaba ocupado en su misión, en su trabajo, obedecía a Dios, y fue Dios mismo quien hizo venir a Eva hacia él. Cuando estás sumergido en tu comunión con Dios, enfocado en tu misión y tu llamado, es Dios quien atrae hacia ti a la persona que ha preparado.
Si quieres atraer a un hombre o una mujer de valor, ¡trabaja en ti! Sé santificado(a), busca el temor de Dios, sé un hombre o una mujer íntegra, y así atraerás a alguien que lleva el mismo ADN espiritual.
Pero aquí es donde muchos fallan. Buscan la apariencia, quieren lo carnal, lo visible, lo seductor. Pero la belleza es vana, y solo la persona que lleva en sí el corazón de Dios puede construir una relación que dé fruto. Por eso es vital examinar no el rostro, sino el corazón. El interior precede al exterior.
Adán dijo: «He aquí, ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne.» ¡Él vio primero el interior antes que el exterior! ¡Lo que quieres construir con una persona no es sólo una atracción física! Lo que quieres edificar es un hogar que resista las tormentas de la vida.
Muchos se casan sobre bases erróneas:
¡La soledad no se soluciona con un matrimonio! Conocemos personas casadas y extremadamente solas.
¡El matrimonio no sana las heridas emocionales! Si esperas ser sanado(a) a través del matrimonio, corres el riesgo de imponerle un peso que jamás podrá soportar.
El matrimonio según Dios se basa en tres pilares:
Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer. (Génesis 2:24)
El matrimonio es una guerra. Es un campo de batalla espiritual.
¿Por qué hay tantos divorcios? Porque no es sólo una simple unión social; también es una plataforma de enfrentamientos entre herencias espirituales. Lo que llevas contigo, del lado paterno y materno, afectará directamente tu alianza. Si estabas encadenado(a), vas a encadenar al otro.
Padre, rechazo entrar en un matrimonio con cargas ocultas. Rechazo llevar a mi hogar lazos ancestrales que quieren destruir mi destino y el de mi futuro cónyuge. Líbrame de toda herencia espiritual negativa. Santifica mi corazón y purifica mi espíritu. Ayúdame a discernir la persona que tú has previsto para mí y no aquella que mis emociones quieren imponer. Rompe toda concepción falsa del matrimonio que haya sido influenciada por el mundo y revélame tu plan perfecto. ¡En el poderoso nombre de Jesús! Amén.
Señor Jesús, te entrego mi vida. Sé mi Salvador y mi Señor. Condúceme por el camino de la verdad y transfórmame con tu amor. Amén.
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